Iª PARTE.- ¡AGUAS CON TESORO!

(RISAS Y SONRISAS)

- ¡Cuidado con el oleaje! ¡Estas aguas son valientes y de temperamento, y en un momento pueden quebrar los hilos que agarran el baúl! Ya falta menos para que finalice su trayecto; según el aparato, ha ascendido de 350 a 5, y esta ya es una cifra menor. ¡Podemos conseguirlo!

- Pero Amo, le respondía un marinero de poca monta al Titular de la embarcación; estos últimos esfuerzos siempre son los más dificultosos, debido a que anteriormente los hilos han aguantado mucha balanza, y deben de estar ya enfermizos. ¡Mi experiencia en estos rescates me lo indica!

- ¿Y es que yo no lo conozco?, le respondía y preguntaba al unísono el Mecenas acuático, con tonos altivos y presuntuosos.

De mi abundante tropa naviera, continuaba, sólo dos naos no han flotado por las aguas revueltas del norte ibérico, y no porque no pudieran, sino por mi gran estima hacia ellas; son encuentros de mi persona, y las uso para eso, o sea: una la denomino "SÓLO PARA INFANTAS", y a la otra la nombro "Y AQUÍ PARA ZAGALAS"; son de buen confort y de mejor estar, con todas las facilidades que las hembras quieren poseer, y ello me facilita, primero el sobeo, más tarde el toqueo, para finalizar con el forniqueo. Ya no las utilizo tanto, debido al paso de mi tiempo, y al final me quedaré con la de "SÓLO PARA INFANTAS", que es un poco menor y de mejor acogimiento; a la otra le quitaré el precinto , y ¡a buscar y rescatar tesoros, que de eso bien vivo!, terminó la explicación Macías Alonso Ruipérez, Patrón y Dueño de la mayor naviera de toda la península .

Tenía su centro burocrático en Santiago de la Compostela, y de allí dirigía y organizaba todas las expediciones busca-riquezas. Esta empezó hará unas cuantas semanas, quizás cinco, y era época difícil para los rescates. Estábamos en pleno tiempo invernal, ya pasadas las fiestas religiosas, acercándonos al segundo mes anual.

Súbitamente, un mozo alzado en una escalinata adosada a la nao, grita con cierto trémulo en su entonación:

- ¡Don Macías, Don Macías! Diviso fuertes mareas con estos instrumentos "agranda-objetos", y me dan cierto temor; podrán estar a escasos 200 de acá, y en unas pocas saetas minuteras arribarán, y según presumo, nos joderán, terminó de exclamar el chicuelo.

- Como se nota Luisito que aún estás aprendiendo. Esas grandes ondas que oteas no son más que el resultado de la época en que estamos, y mis naves son ya expertas en ellas. Lo que tenemos que hacer es cubrirnos con fuertes retales en nuestras anatomías, y dejarlas, primero golpear, y después pasar. ¡Siempre es lo mismo! ¡Ya lo comprobarás!

Efectivamente, llegaron las mareas que adivinaba el mocito, y ocurrió lo que el Dueño vaticinó: primero remojón, y después sedación.

- Tú ves; ahora hasta que no pase un cierto espacio temporal no volverá a ocurrir. ¡Hala! ¡Seguid subiendo, que ya lo estoy oliendo!

El mecenas Macías, cerca ya de los 70, tenía muchas esperanzas en que este baúl de aguas galaicas, contuviera artilugios diferentes a los que hasta ahora había encontrado. Previamente a la expedición, como era su costumbre, se había informado que en el contorno donde estaban situados, una gran nave de alta cuna, de origen toscano, y que tenía por nombre "LA TEMERATA", cayó en desgracia, hará unos 400, y todas sus unidades, incluidas las Autoridades, desaparecieron en los fondos; pertenecía su Titularidad a uno de los nobles más aristocráticos que se han conocido jamás, incluidos los tiempos de los Feudos: era el Conde de Piamonte y de Roscálidas, afamado y acaudalado de la época, de orígenes romano y lituano; se dice que tenía tantas extensiones , terrestres y marítimas, que los Estados Italiano y Lituano para realizar cualquier obra, tenían que pedirle permiso con papel de estado oficial, y que la rúbrica debía de llevar el sello de los Mandamases políticos y religiosos, y con ello el Conde daba la aprobación.

"LA TEMERATA" era una nao de 300 por 50, y que cuando salió de las aguas frescas del Báltico, según la información del momento, portaba unos panfletos escritos en hablas antiguas, y con contenidos que sólo la alta nobleza lo podía comprender y descifrar; el material donde estaba impreso era de lino fino, material de alto postín.

Los panfletos, según la información que recibió D. Macías, una vez descifrado su contenido, podrían tener soluciones y remedios para adversidades físicas y síquicas, propias del alto linaje, como la gota, causada por empachos alimenticios, copiosos y frecuentosos, la enfermedad lúdica, consistente en que el individuo sólo piensa en la distracción, las alteraciones articulares y musculares originadas por las largas estancias en las apoya-nalgas, el mal del taladro, llamado así por la alta frecuencia en el fornicio, y sobre todo, parecía tener el remedio para el término de la existencia vital, tan buscado desde siempre y jamás hallado.

Por ello D. Macías quería, en especial, sacar este potosí: si fuera realidad, lo subastaría al mejor postor de la aristocracia, y con ello, se convertiría en el más adinerado y acaudalado de todas las regiones, incluidas las de ultramar.

Mientras, en la superficie naviera del “CALABOBOS“, que era como se nombraba la nave captora, se divisaba, primero entre, y después sobreaguas, el cofre. Pasaron unos instantes cuando los ordenanzas marinos lo depositaron sobre una placa de metal sólido, de dimensiones apreciadas, para que no sufriera fracturas ó lesiones el vehículo marítimo.

- ¡Caray! ¡Esto debe ser la bomba!, exclamaron los más jóvenes jornaleros marinos, a lo que los más avezados les respondían:

- Esperemos que no lo sea, ja, ja, ja, aunque bien es cierto que nos, los más antiguos, ya tenemos experiencias en extraer cilindros explosivos; recuerdo, seguía comentando Ramón Cuiña Besteiro, llamado “El Pilotes“, por su extrema valentía, que la mayoría confundía con imprudencia, y que el Sr. Cuiña siempre diferenciaba: valentía, solía decir, es un sentimiento positivo, que consiste en realizar algo con riesgo y con resultado aditivo, mientras que imprudencia sería lo mismo, pero con la diferencia del resultado, que en este caso sería sustractivo: en conclusiones, el primer caso sale bien, y el otro sale peor, ¡esa es la cuestión!, terminaba de aclararles el experto marino.

Como os estaba relatando, seguía D. Ramón, el Mecenas y un servidor, que yo recuerde, ya han sido unas cinco las que hemos sacado de distintas aguas explosivos, y nunca ha ocurrido nada malo; es más, las extracciones nos han reportado buenas sumas, ya que se trataban de artefactos históricos para los Estados, y ello se paga, y por tanto, luego se ingresa.

En este caso, jovencitos, es un baúl de buenos volúmenes, y ello debe implicar que contiene muchos y buenos contenidos, aunque lo que buscamos, no sé si lo encontraremos. ¡Ya veremos!, terminó el marinero.

El cofre, de aspecto ajado pero aún bien conservado, debería de tener unas mediciones de 50 por 20, y una balanza de, con contenido, de unos 300, según presumía de conocer el Amo. Lo primero que se realizaba, en estos casos, era hacer la pesada “con“, y luego “sin“, y acertar en el contenido y en el continente.

- ¡Don Macías!, ya está depositado el rescate sobre esta plancha metálica. ¿Qué hacer ahora, señor?, preguntaba otro alevín en las extracciones.

- Bueno, chicuelo, esa es una cuestión que mi alto rango acá me impide contestarte; es una duda que te debe de aclarar los marinos de primer grado y, que yo sepa, deben de haber por lo menos cinco de ellos en este barco. ¡Que te den luz ellos!, terminó el Sr. Alonso su explicación.

- ¡ Señores marineros de grado primario, antaño Oficiales ! ¿Qué vamos hacer con este gran baúl? Estoy con ansias de descubrir qué dentro hay, y ello me pone tembloroso, terminó uno de los mozos , al que se añadieron otros tantos, no más de tres.

- Pues, decía Pepiño Fraga Coelho, uno de los de primer grado; lo que hay que realizar en primer lugar es conocer la balanza precisa que posee este cofre, sin tocar, y una vez vaciado de contenido, lo que ha perdido; de esta forma sabremos el peso del baúl, sin nada en sus adentros, y también conoceremos la balanza de lo que contiene; ello es importante porque, primero, un baúl con alto pesaje nos anota muchas circunstancias: se tendría que tratar de una nave de alto voltaje, o sea, calibrada para las largas expediciones, y de ellas no hay tantas por las aguas circulando: lo que implica que no hay tantos Estados que soporten tales dispendios, por lo que nos acercaría, casi con total seguridad, de qué país se trataría, con lo que ello derivaría: la época de la construcción, el gobierno en cuestión, los legajos, objetos y demás que podía portar, y así.

En el otro lado, el contenido, si es de alto pesaje, y si se trata de objetos e instrumentos, nos indica que deben de ser de naturaleza noble, y ello implica que son de alta valía; y si se trata de papeles, panfletos, legajos y demás, nos puede indicar que al contener muchas unidades de ellos, es claro que algo de importancia llevan, puesto que al haber tanta cantidad, algo de calidad debe de quedar, y es en ello en donde nos debemos de fijar. ¡Esta es la cuestión, principiantes!, terminó su explicación oratoria el experto.

Y así fue como se dispusieron al tonelaje del rescate. Sacaron del interior un instrumento fabricado para ello, calibrado antes de la partida. Tenía unas dimensiones de aprecio, pero ello era necesario: se trataba de dar con la balanza del baúl y de sus adentros sin muchos equívocos, por lo que fue obligado que hasta cinco de los tripulantes se dedicaran, primero, a sacarlo de su aposento, y más tarde, a llevarlo a donde estaba situada la placa, más-menos en el punto medio de la nao.

Una vez alcanzó la meta, los tripulatas lo depositaron con cierta fineza al lado diestro del tesoro, y fueron no pocos los chismorreos que se audiaban en la periferia:

- ¡Jope! ¡Mira que este aparato da que hablar! ¡Estoy exha!, decían algunos, a lo que otros continuaban:

- No es que dé que hablar, ¡da que follar!, y para el jornal que sumamos, ¡hay que regañar!, eran las voces del resto de los esforzados.

De repente, el son llega con cierta tibieza a “El Pilotes“, miembro superior diestro del Patrón, y ello se dejó notar:

- ¿He audiado algo de fornicar, o de quejar?, preguntábales el Sr. Cuiña. Si ello fuera así, continuaba, lúcido lo tenéis: os depositáis en sentido marino, y os dejáis ir: “sólo“ hay unos cientos de millas hasta territorio terrestre. ¡Ja! ¡Ja! ¡Ja!, terminaba su alocución, un tanto jocosamente, el fanfarrón.

- Don Ramón, no es que nos quejemos de los esfuerzos, que por ello bien sumamos; la cuestión es que llevamos varios días y noches varias sin descansar ni ociar, y ello agota; un rato de distracción bueno sería para la continuación, terminaron su aclaración los sufridores ordenanzas del mar.

- ¿Y qué puede hacer mua por vos?, cuestionábales el Segundón a la tripulación. Yo, continuaba, también tengo momentos de hastío, pero nuestro oficio nos lo exige: son muchas lunas navegando sin ratos de relajo; cuando el sol se apague, le comentaré al Patrón si luego puede haber distracción; pienso que afirmará , y en el bodegón hay tonificantes que nos reanimarán. ¡Esperaremos!, acabando su sermón trankimazín 0.5 el Sr. Besteiro.

Entretanto, el Mecenas se iba acercando al aposento del tesoro. Sus pasos, firmes y espaciados, fueron audiados por los marineros, y éstos se calmaron y callaron. Al alcanzar el fin, el Sr. Alonso se dirigió a “El Pilotes“, y con matices castrenses le dijo:

- Ramón, el objeto ya está dispuesto para el destripe; según los protocolos míos, primero procederemos al tonelaje completo, más tarde destriparemos los adentros, y haremos balanza del continente; la resta nos dará el pesaje del botín; al final, analizaré con vos y el Oficial Jefe los resultados y actuaremos, pues. ¡Da las órdenes oportunas y esperaré!

El Sr. Cuiña, conocedor de los escasos titubeos del Patrón, se dispuso enfrente de toda la tropa y procedió:

- El Amo me ha comunicado que, una vez el cofre ya esté en disposición, y los ordenanzas marinos hayan depositado el calibrador para una correcta balanza, actuemos; así pues, colocad el tesoro acoplado al medidor, y veamos lo que indica; según ello, el Mecenas y mua, junto con Pepiño Fraga, analizaremos, y con posterioridad, procederemos.

Los tripulatas subalternos colocaron el baúl acoplado al pesador, y dándole a un saliente que actuaba de pulsador, dió con gran precisión la balanza en cuestión: 333’333…

- ¡Carambolas! ¡Era un pesaje que el Dueño ya se aproximó! Recuerdo que entonces dijo 300, y con exactitud es un poco más: ¡Por ello es el Jefe! ¡Viva Don Macías!, decía un mozo recién estrenado en los rescates.

- Es cierto, el Sr. Alonso no se desvió sobremanera; tened en cuenta que son ya muchas experiencias en sus dorsos, y ello se nota, decía el Diestro del Patrón, a lo que continuaba: ahora voy a tomar apunte del número, y con este dato ya tenemos el continente y el contenido; procede, pues, destripar los adentros y hallar la balanza del continente a solas; la resta nos indicará el calibraje de los artilugios, panfletos, legajos y demás; ya con todo ello, lo estudiaremos y fin del proceso. Por tanto, seccionen el cofre y vacíenlo; más adelante, pésenlo y veremos.

Fue dicho y finalizado. Extendieron una gran estera para colocar el interior y así poder realizar un correcto calibrado. Aquella tenía unas dimensiones de 30 por 5, y ya era experta. Con este, según contaba el Segundón, eran diez los tesoros que había cobijado y abrigado, y ello ya era de considerar. La había adquirido el Sr. Alonso en uno se sus paseos marítimos por territorios amarillos, hará unos 20, y la tenía una gran estima. Cuentan lenguas mal habladas, que en la toma y posesión del objeto, don Macías la canjeó con un presente de alto valor material y espiritual, que su doña le había obsequiado en un aniversario marital, y que al regreso y no encontrárselo , pidió vía papel de oficio la Separación; la cuestión le supuso al Patrón más de un Millón.

Entretanto, y siguiendo los mandos del Diestro del Mandamás, Giossepe Marco, marino de 2ª graduación y experto en las aperturas, se disponía con la “master-key“ a descubrir los adentros del botín.

- ¡Venga Giossepe, que tú puedes! ¡Lo lograrás!, eran ánimos que recibía el muchacho de sus compis, a lo que G.M. respondía:

- Yo no seré el que pueda o lo logre, sino este instrumento que porto en el miembro superior siniestro, y que en mis viajes con las naos de D. Macías, nunca ha errado: de ahí su denominación de “master-key“, término anglófilo debido a su origen ; fue poseída en territorios australes , allá por las antípodas, y el Amo la bautizó así, o sea.

Así pues, “el napolitano”, como le sobrenombraban a Giossepe, se dispuso con el objeto “abrelatas” a aperturar el baúl; lo introdujo por la abertura, de manera lateral, y con un clikeo, corto pero intenso, hacia la zona íntima, logró el objetivo.

- ¡Ostruelas! ¡Qué barbarie! ¡Cuántos artilugios, monedas, papeles, panfletos, legajos y demás! ¡Esto debe de valer todo un Estado!, eran exclamaciones que se audiaban cuando el “napolitano“ destapó y destripó el valioso rescate.

- ¡Tranquilizaos y sedaos! Esto no es más que el empiece; ahora hay que sacar todo lo material y depositarlo en la estera preparada para el momento; después haremos el calibrado del continente a solas, y tendremos todos los números. Por consiguiente, proceded y no hablar: luego ya habrá momentos para disfrutar, eran las frases que se le ocurrió pronunciar al Sr. Cuiña, manteniendo un tanto la posición, después de una gran excitación por la gran cantidad de materias que el interior descubrió.

Hasta el Dueño, con tantas experiencias de todas formas en sus adentros, no se pudo contener en un primer momento, y gritó: ¡Esto es único! ¡Esto es lo más! ¡Esto es la hostia!, fueron las exclamaciones que vociferó, nada más otear el suculento manjar.

Tardaron los subalternos del mar, encargados de la misión, unas cinco saetas horarias, y al fin, cuando el reloj del vehículo marino marcaba las 22.30 p.m., sacaron lo último: se trataba de un pequeño arete, con incrustaciones en sus periferias, que simulaban un antiguo cuento marino, y que estaba fabricado de metal argéntico de la época, de valor más importante que el actual, debido, sin duda, a la progresiva depreciación de la plata cruda y bruta.

D. Macías, conocedor de las vicisitudes sufridas por los metales de la nobleza, al observar y sobar el aro, exclamó: ¡Esto sí que es argenta, pura y sin contaminación, y no la que comercian por ahí! Con esta podemos elaborar cientos de los de hoy y efectuar ¡buenos negocios! ¡Y sólo es un objeto! ¡Viva mua y mis naos!, terminó el Amo con tonos activos, seguros y ya pasados.

Pero…., continuaba, lo que más me excita, y lo que es el fin de este rescate, es que hallemos el llamado “PAPIRO DE LA ALTA NOBLEZA“, o sea, el P.A.N., y que descifrado por los del alto linaje, encontrarán las soluciones a sus males; por tanto, separad por un lado los objetos, instrumentos, y así, y por el otro, los papeles, legajos y demás materia celulósica. El P.A.N. estará en estos últimos; cuando lo realicéis, procederemos al pesaje del cofre a solas, y analizaremos. ¡Hala! ¡Trabajad en este sentido y se os recompensará!, finalizó ya don Macías con sus alegatos.

Y de lo dicho, a lo hecho. Las palabras del Mandamás eran órdenes para sus súbditos, y en un tris , realizaron la fracturación: por una parte las alhajas y por la otra las hojas. Estas, de muy diferentes posturas: las habían enrolladas, liadas y también solitarias.

Los muchachos, siguiendo los mandatos, procedieron a clasificar, según las formas, todos los contenidos , dejando totalmente libre el baúl; ahora, calibrando éste, sacarían las cifras.

Lo colocaron en posición pesaje, y en momento, dieron el dato: 168.

- ¡Jope! ¡Más de 150 en canal! Esto es un cofre ¡y no los de la actualidad!, eran las proclamas que se audiaban en la ya avanzada hora del día.

- Ahora, ya con los números, el Patrón y mua, junto con el Sr. Fraga, desmembraremos las interioridades que estos datos nos ofrecen: ¡Pueden ser muy apasionantes! , finalizó “El Pilotes“ sus raciocinios.

Y así fue. El reloj marcaba ya las 23.50, acercándonos al posterior, y la gente ya se notaba fatigada. Los más esforzados y peor remunerados, no lo podían simular; a pesar de no haber papeado, se dispusieron a descansar, quedando a solas los Jefastros de la tripu, esto es, el Sr. Fraga Coelho, como jefe de primera, el Sr. Cuiña, como Diestro del Amo y, éste, o sea.

El trío descendió por una escalinata sita a escasos 20 del trasero del vehículo, para estacionarse en el habitáculo de las reuniones; este, de dimensiones apreciables y apreciadas, tenía en su centro una gran mesa de materia noble, al parecer de haya, traída por don Macías en uno de sus paseos por aguas árticas. En la parte nuclear de aquella había un pequeño bareto ubicado en un orificio; tenía tónicos de alto valor y de mejor sabor, como anisados, brandys, y, sobre todo, tintos, lo cual facilitaba las reflexiones y discusiones en las reuniones.

El trío agarró, cada cual, su apoyanalgas, y se colocaron según la tradición marina: el Patrón en un extremo, a su diestra el Segundón, y a la siniestra el de Primera.

- ¿Qué tonificante gustáis?, preguntó D. Macías.

- Yo Patrón, ya lo sabéis: un brandy de la época imperial, adicionándole un pedazo de agua sólida; me hace estar y razonar mejor, y es lo que este momento requiere, respondió raudamente el Diestro, a lo que se sumó el Siniestro.

- Pues mua lo mismo. ¡Parece sugerente!

Tomaron cada uno su líquido tonificante, y después de un largo trago para humedecer su glotis, abrió el Segundón:

- Amo, voy a sacar el Tratado Marino del depósito de libros, y oteando las naves del siglo XVII, saldrá “La Temerata“; si ello fuera así, sus informes serán validados, y estaremos en el camino. Voy a proceded.

Así D. Ramón se alza de su apoyanalgas y se dirige a la biblio, ubicada y adosada a una pared del habitáculo, y ocupando, asimismo, la mitad de la contigua; estaba ordenada por temarios, tamaños y abecedarios, y tenía alta reputación entre los demás patrones del Estado; algunos colegas habían intentado comerciar con ellos, pero la negativa del Sr. Alonso siempre fue constante.

- Ramón, el Tratado que buscas está en el segundo piso de la otra ala; se titula “Tratado de grandes naos exploradoras: años 1600-1699“, y es ahí donde debe ubicarse la que buscamos. ¿Lo oteas?, terminó con una cuestión el Patrón.

- Sí, sí, ya lo diviso. Acá está. Parece pesado y abultado. Ya lo poseo, y aquí lo deposito, finalizó el Sr. Cuiña.

Efectivamente, lo dispuso en el centro de los tres, y el Amo lo agarró y hojeó.

- Ahora, decía don Macías, lo que hay que hacer es buscar la nave del Conde, y nos aclarará los datos de su partida: si equivalen a los que poseemos, no hay duda : ¡Se trata del tesoro que buscamos!

Estuvo cinco saetas minuteras explorando el abecedario del Tratado, cuando halló la gran nao.

- ¡Acá está!, exclamó con cierta excitación el Patrón.

Pone “LA TEMERALLA“, que era la denominación de origen que el Gran Paolo-Augusto de Brindisi y de Branzaukas la bautizó; es del romano antiguo, que con el paso de los tiempos la doble “l“ pasó a grafiarse como “t“; por ello lo de “LA TEMERATA“ actual. ¡Fijaos lo que indica!, les dice con pasión al dúo el Patrón.

En un momento, se dispone el trío alrededor del Tratado, y otean lo ocupado por la gran nave: “… y fue allá por el 1620, en época estival, cuando el Conde de Piamonte y de Roscálidas, al mando de “LA TEMERALLA“, partió del puerto de Kaunas, en el Báltico, camino del norte de la Hispania Imperial, al encuentro de su colega y gran Mandamás galaico, el Marqués de Queimada y de Butafumeiro. El fin no era otro que el descifre del P.A.N., escrito en antiguo arameo aristocrático (A.A.A.), y que sólo los del muy alto linaje lo podían realizar. El Marqués padecía de varios males de alta cuna, y su compi, el Gran Paolo-Augusto, quería sanarle; ambos dos eran conocedores del A.A.A., y con esos saberes podrían lograrlo. Pero a escasos 500 de la costa, una furia marina peleó con la gran nao, y ésta, incapaz de vencer, perdió y se hundió. El Conde y toda su tripu saltó, pero ello no fue suficiente. Al cabo de un tiempo, quizás todo un otoño, fue hallado en zona terrestre el cuerpo, ya magro y casi pudriento, del Gran Paolo. Se piensa que los restos de “LA TEMERALLA“ siguen estacionados en aguas gallegas, en el contorno marisquero, denominado de esta manera por su abundancia en los crustáceos, y que ocuparía aguas de las tres citys marinas de la C. Autónoma. Su área rondaría los 100, y puede ser objeto en tiempos futuros de apetitosos y gustosos rescates. Por otro lado…”.

- ¡Habéis visto y leído lo que mua!, dijo el Primero, a lo que siguió: estamos en el camino. Lo hemos logrado. El Papiro está acá. Hay que descubrirlo, limpiarlo y luego, más adelante, subastarlo. ¡Seremos los más de todo el Globo!, terminó con excitación el Patrón.

- Ya no me caben dudas, Señor, decía el Sr. Cuiña. Tenía toda la razón. El rescate se corresponde con la gran nave del Conde, y debe de estar el panfleto de los remedios. ¡Seremos ricos!, exclamó con poca sedación el Segundón, a lo que se sumó, asimismo, el de la primera graduación:

- Sin duda, no hay mejor Patrón ni mejor Segundón que ustedes dos. Es un honor para el que habla ser el Tercero; en otro caso, mua sería el mejor, pero como dice el dicho, “más vale ser cabeza de ratón ganador, que cola de león perdedor”. ¡Vivan vos!, terminó con agradecimientos el Sr. Fraga Coelho.

Ya no tenían vacilaciones ninguno de los tres. En la estera, con todo lo sólido, estaría el P.A.N.

La hora marcaba la 1.30 a.m., y el despertar marino estaba cercano. Por tanto, se dispusieron a descansar, no sin antes degustar el último tónico: “THE REAL IMPERIAL SPIRIT“, traído de la vieja Britania, y con dedicatoria de la añosa Isabel, matrona de los sajones: “For my boyfriend Macías of your girlfriend Isa. Kisses“, era lo que se adivinaba ver en la base del tonificante, esculpido con material aúreo.

Se comentaba que en todo el Real Palace, sólo se encontraban tres ejemplares del citado licor: uno, el ya comentado y casi privado, el otro para el uso particular de la Doña, y el tercero, cuando la Excelentísima, deseosa de placeres, lo utilizaba encamándose con machos para aquellos, o sea.

- Aquí lo tenéis; el éxito de la operación lo merece. Es un presente de la Mismísima y, a estas altas horas, lo vamos a catar, y quien sabe si a finalizar. Ten, Ramón, un copón de éstos lleno del líquido espiritoso y, para ti, Pepiño, lo idéntico, también lo mereces.

Yo, siguiendo la tradición de los mares, me lo tomaré del recipiente, y lo agotaré. Así, descansaré prontamente, y mañana, por hoy mismo, estaré recién estrenado.

Cada cual cogió su tonificante, se dispuso en posición brindis, y lo hicieron, o sea. Estuvieron casi treinta saetas minuteras parlando y privando, cuando, siendo ya las 2.15, el Patrón dio por finalizada la sesión.

- Señores, amigos, hay que soñar. Hoy mismo, dentro de pocas saetas horarias hay que alzarse y buscar entre lo celulósico. Buen descansar y hasta dentro de poco, fueron las últimas frases del Primero, a las que se sumaron las de los otros:

- ¡Buen relax, D. Macías!, dijeron.

Así pues, cada uno se encaminó a su habitáculo descansacuerpos, haciendo la guardia marina los dos ordenanzas de la ocasión: Manuel y Rafael.

El primero tenía 18 recién, y el otro poco más, no llegando a los 20. La noche era fría pero estable, con mucha luz lunar, y ello daba para las conversaciones bis a bis.

-Pues yo, Manu, le decía Rafael al otro, es la primera expedición que realizo con D. Macías, y creo que de aprendiz voy a pasar al siguiente escalón. ¡Cómo sabe el Patrón!, exclamaba el mozo con total naturalidad, debido a su virginidad.

- Es cierto Rafael, el Amo es todo un experto. Yo ya he paseado un par de veces en sus naves, y son toda una aventura, pero esta, que es ya la tercera, va a ser la primera; si entre todos los papelorios que hemos seccionado, hallamos el panfleto ese para los de nacimientos fáciles, cómodos y pijos, saldremos en todos los noticieros, y nos también tendremos espacio, aunque reducido, en sus grafías y altavocías.

- Esperemos que así sea, Manu; sería una propulsión para nuestra incipiente profesión, y otros patrones nos contratarían con buenas ofertas. Sería nuestra ocasión, compi.

- Afirmo, ya que si don Macías nos dice que no, con la reputación recogida en esta expedición, no tendremos obstáculo para que otros nos realicen alguna contratación, y de ahí en adelante, ya sin parar, terminaba de soñar el chaval.

- Pero, ¿a quién o quiénes les van a corresponder el trabajo de buscar y encontrar, entre tanto papel, el valioso papiro?

He oteado toda la celulosa que había en la estera, y es para enloquecer. Eran montañas y montañas de legajos, y algunos, la mayor parte, de hablas difíciles de entender para gentes como nos, que hemos alcanzado el accésit preescolar por influencias patriarcales, matriarcales y de otras que más vale no recordar. ¿No te parece Manuel?, le preguntaba el otro zagal, en tonos un tanto inquietos.

- Ya lo sé, Rafael, pero quien lo encuentre saltará a la fama, y de ser un simple ordenanza podrá subir varios escalones simultáneos, y colocarse cerca del de primer grado, y todo sin llegar a la veintena. Es nuestra oportunidad. Hay que buscar y buscar, y si no hallamos nada de interés, seguir buscando. Al final encontraremos nuestra recompensa. Ya lo verás.

- ¿Pero qué hacer con los papeles difíciles de leer, Manu?, le preguntaba Rafael, a lo que el otro respondía:

- En esos casos, hay que usar los sesos, que para eso están arriba ubicados.

Si están en hablas de las nuestras, no hay impedimento: si ponen algo de males físicos o de la psique, y de grandes Condes, ó mejores Barones, estaríamos en el objetivo; si ponen de otros menesteres, los desechamos y seguimos. El obstáculo viene cuando sean de escrituras que nuestros saberes desconocen; en estos, que serán los más cuantiosos, habrá que fijarse en los principios y en los finales: si hay una “p” en letras grandes, y encontramos formas armónicas y con elegancia, y en su interior hay grafismos que simulen adversidades físicas ó mentales y, más adelante, los mismos ya parecen con más salud, podemos estar con el tesoro, y habrá que gritar ¡Patrón, aquí está!, con el riesgo que ello conlleva: que se trate de simples pinturas de artistas antiguos de la época, tan dados a los temas de enfermar y sanar.

En fin, el momento requerirá como obrar. Ahora ya toca descansar, pues mi reloj ya marca las 6.00, y el turno se tiene que cambiar, finalizando su oratoria el chaval.

En efecto, se aproximaban a sus inmediaciones otros dos jornaleros, para efectuar el último turno guardián. A las 8.30 se tocaba con el son de la marina exploradora, para que toda la tripu, incluidos los Jefastros, se desperecen y despierten. El día nuevo comenzará.

- ¿Qué tal chavales? ¿Cómo ha estado el turno?, cuestionaba uno de los vigilantes recién; tenemos por delante un par de saetas horarias hasta el “toque marino“, y nuestra inexperiencia nos pone un tanto trémulos. ¿Qué podemos efectuar para que nuestras testas estén ocupadas y sedadas, Manuel?, finalizando con una cuestión el subalterno preguntón.

- Yo de vos, respondía el de 18, me daría entretenimiento dándole a la imaginación, p.ej., de cómo conseguir el papiro en cuestión, y ello ya os llevará al tiempo del despertar: resta poco espacio temporal, terminó su explicación el mocetón.

- Vale, pues, hasta dentro de poco, y buen soñar, que queda poco para despertar, despidiéndose de los dos.

Y así fue como se consumió en un tris todo su tiempo guardián. El reloj adosado a una torreta de la nao, marcaba las 8.28, y era momento de preparar el despertar.

- ¿Ya tienes en la memoria retenido el son marino?, le preguntaba uno de los dos al otro, a lo que éste le respondía:

- Yo poseo un papelorio con la letra del toque marino, y el resto musical ya es cosa nuestra. ¡Verás que bien sale!

- Eso espero, amigo, porque si erramos en la música o en la letra, el Patrón nos exigirá la dimisión, y nuestra reputación dará un gran bajón, y será nuestra perdición, finalizando el muchacho, con mucha vacilación.

- Tú tranqui, compi; deja que yo lleve la dirección, y verás como con esta faena, nos dan los Jefes la enhorabuena.

El anuncio de las 8.30 lo marcó el son relojero: ¡BANG!, que era como se audiaba las medias saetas horarias, y los ordenanzas se dispusieron a efectuar el despertar marinero; el del papelorio lo agarró, lo centró y empezó:

“DESPERTAD, DESPERTAD, MARINEROS A LA MAR; ALZAD, ALZAD, HAY QUE NAVEGAR“, a lo que se unió el otro, ya con más relajo:

“LA MAR, LA MAR, NOS ESPERA YA; NAVEGAR, PESCAR Y RESCATAR, PERO NUNCA NAUFRAGAR; DESPERTAD, DESPERTAD, MARINEROS A LA MAR; ALZAD, ALZAD, HAY QUE NAVEGAR“, terminando, por fin, el son marinero del despertar.

- Tú ves como no ha sido complicado; es empezar, continuar y no parar. Ahora notarás los parabienes de los Jefastros. ¡Ya verás!, finalizando su aclaración el más templado de los dos.

Efectivamente, así resultó. Primero se acercó D. Ramón, y les dio la felicitación a la pareja de dos:

- Ha sido un buen desperezamiento. Me ha gustado y agradado; estoy por aconsejarle al Patrón que ustedes dos sean los cantaores del son, de acá en adelante. Se nota que han ensayado y ello demuestra tesón, lo cual es necesario para el escalafón, acabando su sermón el Segundón.

- Muchas gracias, Sr. Cuiña; previo a la serenata, estábamos un tanto inquietos, pero ahora, con sus verbos, estamos mucho más calmados y esperanzados. Sería un gran honor ser los despertadores de la tripu, y si ello nos alza en el escalafón, pues mucho mejor: ¡Viva vos!

De repente, D. Macías, con aires resueltos y activos, toma del interior un instrumento que realza los sonidos y las palabras, se ubica enfrente de toda la compañía, y proclama:

- Amigos, esta noche, parlando con Ramón y con el Sr. Fraga, hemos sacado el dictamen que entre todo lo celulósico, está el P.A.N.

Sé que va a costar un cierto espacio temporal, debido a la cantidad de material, pero quien lo encuentre, tendrá el honor de venir con mua, con el Sr. Cuiña y con Pepiño Fraga a la city de los aristócratas, y que tiene por nombre Milán, al norte de la península itálica. Allí, en el barrio de “fashionatto, acaudalatto i bon perchatto“, está el centro del alto linaje, y encontraremos la Casa fabricadora y emisora del B.O.A., el llamado Boletín Oficial de la Aristocracia, que es adonde portaremos el papiro, para que lo certifiquen y publiquen, señalándose la citación para la gran reunión: todos los de la alta cuna, sobrados y muy acaudalados, querrán ver sus males remediados y sanados, y habrá una gran puja por el panfleto: el que más de, será el que se lo lleve, y las sumas pujadas por él, serán ingresadas para mua; luego os llamaré y repartiré. Os doy garantía de ¡qué bien viviréis!

Así que, fin del discurso y ¡a buscar!, finalizó con una exclamación el Patrón.

Todos se dispusieron a lo largo de la estera, incluidos los de Primera; sólo el Sr. Cuiña y el Primero evitaron la busca. Entre éstos, hubo alguna que otra conversación, con cierta discusión:

- Ramón, me da que uno de los recién va a ser el descubridor y, por tanto, el ganador; a ti, ¿qué te dice la intuición?, finalizando con una cuestión el Patrón.

- Yo, Sr. Alonso, intuyo que será uno de Segunda el que lo descubra, pero vos tiene más camino que mua, y tendrá la razón, terminando con un dictamen su examen.

- Pero amigo, no me des la verdad así como asá; yo razono que será uno de los neos por mis cuantiosos paseos, y, que yo recuerde, siempre fue similar: el buscar y encontrar es cuestión de tesón, y los noveles en estas materias son mejores, debido, sin duda, a la motivación que les supone el alzarse en el escalafón, acabando su razonamiento D. Macías.

Estuvieron cerca de una saeta horaria hablando y conversando, cuando, súbitamente, se audia un son fuerte, conciso y preciso a lo largo del vehículo marino:

- ¡D. Ramón! ¡D. Macías! ¡Lo veo, lo tengo, lo poseo! ¡He sido el primero que ha divisado el papiro!, terminando sus exclamaciones el zagal con mucha excitación debido a la situación.

- ¡Enséñamelo! ¡Muéstramelo!, le ordena D. Ramón al chaval.

El mozo, un tanto excitado y acobardado, con el panfleto agarrado y adosado a su miembro superior, se dispone a donárselo al Segundón, y lo cumple , pues.

- Sr. Cuiña, tenga el tesoro, dijo con mucha simpleza y sutileza el chicuelo.

D. Ramón, todo él, lo agarra con dinamia y lo hojea, cuando a los escasos instantes, suelta:

- ¡Ja, ja, ja! Esto es, como dirían los castizos macizos, demasié. Pero chaval, ¿tú has divisado bien lo que grafía el papelorio?, le preguntaba al mozo con tonos altivos y despóticos.

El chaval, muy tremuloso y tembloroso, le replica:

- Pues yo, D. Ramón, he visualizado con grafismos agrandados, P.A.N., y he sesado que estaba con el objetivo. ¿No era lo que estábamos buscando?, termina con una cuestión el mocetón.

- Pero hijo, le sermonea el Segundón, ya con tonos más acompasados a los tiempos; esto es un P.A.N., pero no el que queremos. Se trata de un Panfleto Apto para Necios; hay que seguir visualizando, y no quedarse con el principio. Observa que después del P.A.N., y con grafismos minúsculos, se divisa: “Panfletum Aptum Neciums“, y no son más que unas reglas para comenzar a saber leer, sumar, sustraer, y así, y no para niños y chiquillos, sino para gentes ya con experiencias, pues en los prólogos , se observa: “25-55 annus“. Esto puede ser útil como reliquia, pero no más. Hala ¡seguid buscando que, al final, saldrá!, terminando con una aclamación D. Ramón.

Pasaba el espacio temporal y, en la lejanía, se divisaba un pequeño vendaval.

- ¡Ondas de unos 6 en apenas 300!, gritaba el que se encargaba de ello, o sea.

- ¡No os preocupéis, ni ocupéis! Ya hemos pasado unos cinco de estos en este paseo, y no ha ocurrido gran cosa. Como dice el Patrón, primero remojón, y luego sedación. Por consiguiente, cubrid la materia celulósica para que no se remoje, y dejaremos pasar la futura marejada, les decía el Sr. Fraga a la tripu, a lo que éstos, reaccionaron con ligereza:

- Ya nos apresuramos, Don Pepiño, a cobijar todo el papelorio. Es cuestión de instantes.

Y, efectivamente, así resultó. En escasas dos saetas minuteras, todo el papel quedó tapado y abrigado, y las ondas, momentos después, se dejaron sentir. Golpearon con furia marina el esqueleto del “CALABOBOS“ y, éste, experto en peleas acuáticas, salió vencedor, una vez más, del duelo.

Llegó la calma, y los jornaleros se dispusieron a destapar la estera, y poner al descubierto, todo lo celulósico.

- Ya hay sedación, chavales. Seguid explorando, que estoy con seguridad que al papiro le queda un tris para salir, les hablaba y animaba el jefe de Primera.

El objeto marca-horarios del vehículo señalaba ya las 13.10 a.m., cuando al papelorio diana le dio por alumbrar.

- ¡Acá está! ¡Yo he sido el descubridor! ¡Vivan mua y mi ascendencia!, fueron las exclamaciones del mozo parturiento.

¡He dado a luz al papiro!, finalizando con nula sedación el ordenanza en cuestión.

- ¡A ver, a ver! ¡Traémelo y lo analizaré junto con D. Macías!, le mandaba el Sr. Cuiña al muchacho.

- Tenga, señor; mírelo, analícelo y verá que un servidor tiene toda la razón, le decía Miguelito, que era como se marcaba el subalterno descubridor.

Y así fue. D. Ramón agarró el panfleto, y estuvo cerca de una saeta horaria visualizando y revisualizando todo lo grafiado, cuando, súbitamente, explota:

- ¡Lo conseguimos! ¡Ya lo poseemos! ¡Es todo nuestro! ¡Es el verdadero P.A.N.!, exclamaba tras exclamaba el Segundón con total pasión, dándole el papiro al Patrón; éste, gran conocedor de engaños y embustes en los tesoros, cogió el objetivo, y se encaminó a su salón para estudiarlo con precisión.

Una vez el Sr. Alonso alcanzó aquel, asió con dinamia su apoyanalgas de preferencia, alumbró en el centro al panfleto, y se dispuso al análisis, en la compañía de unos libretos que le pudieran auxiliar en el dictamen final.

Eran ya las 16.15, cuando, ya sin dudas, salió del habitáculo, y con el refuerza-verbos agarrado a su diestra, mandó a toda la tripulación disponerse alrededor de Él:

- Muchachos, amigos , poneros todos alrededor de servidor, que tengo que deciros algo de gran importancia:

Hoy, día segundo del segundo, y marcando la torreta las 16.30, tengo que afirmaros que hemos alcanzado el fin. El verdadero Papiro de la Alta Nobleza está acá. No hay dudas. Durante cerca de un par de saetas horarias, y con la ayuda de material auxiliar, he sacado la Sentencia: es el P.A.N.

Mua, que es de palabra y de honor, todo lo que he dicho va a ser un hecho. El alumbrador, esto es, Miguelito, será el agraciado, que junto con el Sr. Fraga, D. Ramón y yo mismo, nos encaminaremos a la city del alto linaje, y allá, certificar y publicar el papiro, para más tarde, citar a todos los de la alta cuna, y proceder a la subasta que nos llevará, a ustedes y a nos, a ser muy acaudalados y afortunados; asimismo, a los de menos rango, les hará alzarse varios escalones en los escalafones, y todo gracias al esfuerzo, tesón y motivación del personal. ¡Gracias a todos!, finalizó D. Macías, no sin humedeces en sus periferias palpebrales.

Al acabar la oratoria, toda la compañía dedicó una fuerte dedicatoria al Patrón, en forma de son:

¡Plash! ¡Plash! ¡Plash!, así hasta completar las cinco saetas minuteras.

Eran las 17.00, cuando D. Ramón y el Patrón guardaron y cobijaron el P.A.N. en un lugar sólo conocido por el dúo, y que, salvo naufragio, era imposible extraviarlo. Al finalizar la operación, todos se dispusieron a papear y festejar el éxito del rescate.

Comieron y privaron sin descanso ni relajo hasta cerca de las 22.00 p.m., y ya, cuando la tráquea no dejaba pasar sólidos ni líquidos, se encaminaron cada cual a sus habitáculos descansacuerpos, para reposar y soñar. El día posterior era el marcado para el regreso a tierra, y de ahí, cada uno a sus destinos. Más adelante vendrá la puja, el ingreso y el reparto.

Fin del viaje marino.

IIª PARTE.- ¡A MILÁN, LA CIUDAD GALÁN!

(RISAS Y SONRISAS)

El regreso amaneció con frío, aires y nubes oscuras y preñadas. El son marino del desperece, a su hora. Los encargados del mismo, ya atribuidos por el Sr. Cuiña, lograron aquel, o sea. Todo, pues, en su sitio, momento y circunstancia. La torreta marcaba el papeo del empiece, y la tripu se dispuso a ello; en la parte central de la nao, los subalternos colocaron dos mesas de material consistente y resistente, comercializadas por el patrón en tierras bálticas; la una, con unas mediciones de aprecio, y la otra de deprecio; aquella de 35 por 3, y ésta de 5 por 1 y la mitad.

Como era habitual en los protocolos marinos, en la mayor se colocaron los de la Primera, salvo Pepiño, los de la Segunda y todos los demás, ocupando y ubicando unas cincuenta posiciones, y en la menuda se pusieron, siguiendo la tradición marina, los Mandamases: el primero de la Primera, el Sr. Cuiña y D. Macías: éste en un extremo, a su diestra el Segundón y en la siniestra el de Primera.

De repente, el Patrón, con voces activas y seguras grita:

- ¡Miguelito! ¡Miguelito! Avanza para acá, que te lo has vencido. Mereces estar con nos. ¿Por dónde andas?, acabando preguntando el Primero.

El chico, un tanto acobardado y acongojado, y con un tono tremuloso, responde a la cuestión:

- Yo Patrón, acá estoy, a los lados de dos como yo. ¿Quiere en verdad que el alimento lo inicie y culmine con ustedes tres?, termina el zagal.

- Pues evidente, mochuelo, te lo has alcanzado. Acércate y te situarás entre el Sr. Cuiña y un servidor y, por unos instantes, serás el tercero del rango, le dice con altos sones el Jefe.

El chico, un tanto timorato, se despide de sus compis más cercanos, y se encamina hacia la mesa preferencial, ubicándose, siguiendo mandatos, entre los expertos, relegando y apartando, una pizca y más, al Sr. Fraga Coelho.

Los culinarios tuvieron en cuenta el momento, y fabricaron un jale despertino de lo más “in“ y ”on“; de sólido tenía todo lo que la imaginación de cualquier quisqui podía producir; carnes de todo tipo y condición: de aves, de terrestres y de marinos, hechas, rehechas e, incluso, malhechas; de líquido, lo idéntico: habían “sin“ y “con“, y dentro de cada clase, las subclases; en las de “sin“, con burbujas ó sin ellas, agrias ó dulzonas, y así; y en las de “con“, tónicos de alto calibre, como brandys, anisados y malteados, y otros con menor poder embriagador, como tintos, blancos y birras traídas, como presentes, de la Doña de Britania, vieja girlfriend del Patrón D. Macías.

Todo, por tanto, equilibrado y simultaneado.

La sesión alza-calorías duró unas dos saetas horarias, incluidos postres e infusiones, y el marca-horas de la torreta adivinaba otear que ya eran las 11.00, cuando el Patrón, conocedor de la presencia en la compañía de danzadores populares, ordenó a estos que se marcaran unos pases de la folkla galaica, que tanto gustaba y animaba a D. Ramón y a Pepiño, cuyas cunas estaban ubicadas en aquella Autónoma.

Mandó que salieran al núcleo de la nao a 4 muchachos nacidos, criados y madurados en A Coruña, city de la Comunidad, y que alegraran el post-papeo con unos bailoteos folks.

Se acercaron los cuatro y, uno de ellos, el sobrenombrado galleguito respondón, también denominado Antoñito Balboa, osó verbar:

- Yo, Don Macías, junto con los otros tres, salimos y danzamos, pero para compensar nuestro bailar, a nosotros nos agradaría que vos, como buen Patrón, y con papel oficial, nos suba en el escalafón, y de simples ordenanzas, pasemos a la clase auxiliar, y así poder ganar más pernal. Pienso y digo que es lo equilibrado, ¿no?, terminando con una escueta cuestión el mocetón.

Acto seguido, y durando unos pequeños instantes segunderos, se audiaba por toda la periferia del vehículo murmullos y chismorreos de toda clase y condición:

- Este zagal es un lanzado y avanzado. Llegará…, eran unos comentarios con positividad que se alcanzaban a escuchar, pero, asimismo, también los habían en el otro sentido:

- Ahora los Jefastros se encargarán de anular al chaval, por ser tan descarado con el Mando y, además, audiando toda la tripulación, incluidos los de la peor condición.

D. Ramón, nada más oír lo que el respondón les verbó, se alzó de su apoyanalgas y, cuando iba a iniciar la réplica, el Patrón le agarró su diestro, y le dispuso nuevamente en posición. Se acercó a él, y le susurró:

- Ramón, como este chaval yo quiero más en mis naos; tiene valor, sinceridad y solidaridad. Fíjate que ha nombrado a los otros tres, no sólo a él, y ello se debe compensar. Me parece equilibrado lo que nos ha verbado, y lo voy a realizar, o sea.

En un momento, el Sr. Alonso se levanta, y sin decir nada, se dirige al habitáculo donde tiene ubicados todos los papeles de la burocracia. Coge el que le interesa, y se encamina nuevamente a la mesa de preferencia. Ase un “refuerza-sones“, y se enfoca a Antoñito:

- Muchacho, te lo has logrado y alcanzado. Por tu valentía y compañerismo, aquí está, en papel de Estado con oficialidad, vuestro ascenso escalafonal: pasais de ordenanzas marinos a auxiliares sinónimos, y ello os reportará más estabilidad, pese a vuestra escasa edad. Acercaros y tomarlos. Son vuestros, terminando ya su alocución el gran Patrón.

El respondón y los otros se alzaron y se dirigieron raudos a las cercanías de D. Macías. Una vez alcanzaron la meta, el Jefe les donó los cuatro papeles oficiales, bien grafiados y autografiados por Él, y con los ascensos en la mano, se los introdujeron en sus bolsillos respectivos, y se dispusieron a bailotear en el centro del vehículo marino.

El reloj anotaba las 12.00, cuando los cuatro empezaron a danzar nada más audiar lo que la altavocía musical les ofrecía: añosas canciones galaicas, que los guerreros celtas habían dejado, cuando asaltaron y dominaron aquellas zonas.

La sesión duró, con aproximación, unas sesenta saetas minuteras , y todos los que habían cunado en la Comunidad, especialmente el Sr. Cuiña y Pepiño, disfrutaron hasta alcanzar el clímax y más, cuando, el subalterno estacionado en lo alto de la torreta, vociferó:

- Mis “agranda-objetos“ me permite otear que dentro de poco vamos al alcance de ¡Tierra a la vista! ¡Estamos ya en el camino de la península! ¡Albricias! ¡Ya tenía ganas y reganas!, eran las exclamaciones que el zagal pronunciaba, a las que se sumaron todo el resto de la tripu:

- ¡Viva! ¡Ya nos acercamos a nuestras doñas! ¡Ya tenemos ganas de besoteos!, clamaban algunos, los más cautos, a lo que los más osados y exaltados añadían:

- ¡No sólo besoteos! ¡Toqueos y forniqueos! ¡Que son ya más de todo un mes yendo de mar en mar, y nada que tocar ni de follar! ¡Al fin estaremos con hembras!, finalizando con expresiones machistas los más extremistas.

Se acercaba la arribada, cuando todos, incluidos los Primeros, se apresuraron a hacer y rehacer sus maletines, maletas y, en contados casos, maletones; ello estaba en consonancia y concordancia con la graduación de la tripulación. Los menos se conformaban con maletines, los medios con maletas y los más con maletones que, en el caso de don Ramón, disponía de tres pisos: en el primero depositaba los retales y así, en el segundo dejó sin clasificar los juegos del azar, y el último el Segundón lo utilizó para las píldoras, ungüentos y remedios, y también para los papeles del pensar y del gozar.

Eran las 14.30 cuando el último de la tripu, con el maletín en el diestro, se ubicó con el resto.

El “CALABOBOS“, nao de gran respeto y afecto en la zona, se ancló en el aparca-naves, y el ordenanza Luisito sacó la escalinata y la fijó en su destino. La nave quedó segura y fija, y se dispuso toda la tripulación a descender por aquella y tocar, ¡al fin! la soñada y deseada t.

El orden siguió las normas navieras, y los primeros en alcanzar la península eran los últimos en el escalafón, para seguir por el orden inverso hasta el Primero, esto es, el Sr. Alonso Ruipérez. El Patrón tenía los miembros superiores ocupados: uno con su maletón y otro con el papiro en cuestión.

Cada cual tenía a su alrededor a sus gentes más cercanas, y los abrazos y sollozos eran una constante cuando, D. Macías, sólo él, iba despidiéndose de cada uno, no sin afirmarles que, una vez la venta del P.A.N. se produjera, y el montante se introdujera en su cuenta, las alícuotas que correspondiera a cada tripulante, serían ingresadas en las financieras que cada uno, previamente, le había anotado en una hoja que estaba adosada al tesoro.

Dejó de despedirse ú